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VIOLENCIA
EN LA TELEVISIÓN
Pronunciamienrto
La
Comisión Nacional de Rescate de Valores (CNRV), en sesión ordinaria
de Junta Directiva, celebrada el día 14
de noviembre de 2000, ante el grave problema que representa para
la salud moral del costarricense, la violencia que se transmite
a través de la televisión, acordó pronunciarse y al respecto dispuso:
Artículo
Primero:
La
Comisión Nacional de Rescate de Valores (CNRV), consecuente con
su misión de luchar contra todo aquello que lesione los valores
del ser costarricense, siente el deber de salir con su voz, en respaldo
de las gestiones que realiza la Defensoría de los Habitantes para
conformar una campaña nacional contra la violencia en la televisión."
Si
bien la sociedad entera debiera alzarse con todas sus fuerzas, contra
cualquier forma o clase de violencia en cualquier ámbito, como nación
pacífica que somos, el capítulo concerniente a la televisión debe
mirarse con especial y particular consideración, como desde sus
orígenes lo señaló la CNRV.
Conocida
es la influencia de la televisión en la vida diaria de prácticamente
la totalidad de la población en nuestro país. Este poderoso y atractivo
medio de comunicación, según sean sus programas, sus contenidos
y su intencionalidad, puede ser insuperable instrumento para fomentar
los más elevados valores de la cultura, el progreso y la superación
personal y colectiva; o bien inducir a la degradación ética y moral
y al consecuente resquebrajamiento de la convivencia pacífica.
El
problema no está en que exista la televisión y su enorme y poderoso
contingente industrial y comercial. Tampoco está en los buenos programas
y los buenos contenidos e intenciones, que mucho bien hacen a la
ciudadanía. El problema está en la pesada carga de antivalores y
sobre todo de violencia, que cualquiera puede constatar a cualquier
hora del día y más aún de la noche, en la mayor parte de la programación
de los canales locales y los de cable o servicio directo particularizado.
Las
escenas y contenidos impregnados de violencia han acaparado repetitivamente
las horas y minutos en las transmisiones televisivas. En las novelas,
en las series o películas, en los mensajes publicitarios e incluso
en la presentación de noticias. De esta avalancha no se escapa nadie,
ni siquiera los programas dirigidos a los niños.
El
condimento de la violencia es manejado por ciertos estrategas de
la comunicación, en algunos casos desde fuera de nuestras fronteras,
como un fuerte y siniestro atractivo para ganar audiencia, sin reparar
en las consecuencias.
Es
así como los binomios: sexo-violencia, pornografía-violencia, alcohol-violencia,
drogas-violencia, música-violencia, poder-violencia, corrupción-violencia
y hasta la "tecnoviolencia", que también se extiende a
los juegos de video, están ahí, a la orden del día, en cualquier
rincón horario de las pantallas. Son los comunes denominadores de
una nueva especialidad, la mercado-violencia. La fórmula es simple:
más violencia igual más ganancia.
Como
secuela de esta situación, la efectividad del mensaje televisivo,
con su elevado influjo que llega incluso a la "teleadicción",
se ha convertido en un arma de doble filo. Tantas escenas y episodios
de violencia corren ante los ojos y demás sentidos del televidente
que en muchos casos, como se ha comprobado, actos de criminalidad
y otros grados de violencia como la familiar y los ultrajes y agresiones
contra la mujer, han tenido como gran referente las estrategias
y escenas de violencia vistas y aprendidas en esa nefasta escuela.
El
argumento de que lo que se ve en la televisión es ficción y no realidad,
es sobrepasado por el mágico influjo, casi virtualista, de ciertos
programas donde los códigos de antivalores y violencia están tan
fusionados que el televidente común no logra ya hacer la separación
y termina por incorporar en su vida mandatos cuasi subliminales
que lo conducen a practicar la violencia de la misma manera que
la publicidad repetitiva logra imponer determinados hábitos y modas
de consumo. Existen estudios que así lo comprueban.
Con
respecto del grave daño a la infancia y a la juventud, la recomendación
ciertamente bien intencionada, de que un adulto seleccione lo que
pueden ver los niños y evite ciertos programas, no pasa de ser una
evidente contradicción. Es como aceptar y reconocer que la televisión
es tan dañina, que entre un televisor encendido y un niño, hay que
interponer un "policía preventivo" para protegerlo del
peligro en su propia casa. Ésto no es más que tratar anodinamente
de tapar las consecuencias, dejando la causa intacta.
No,
ésto no es suficiente, hay que hacer algo más efectivo. Hay que
decidirse por el ejercicio libre de aceptar lo bueno y rechazar
lo dañino. Nadie en su sano juicio permitiría que a su casa entren
a inyectar el veneno de la agresión. Por tanto, es deber de todos
detener su entrada a los hogares, donde debe ser la autoridad familiar
la soberana y no los estrategas de la violencia, que la quieren
destruir desde afuera y así conducir luego a las masas, ya sin reglas
morales, a un consumismo manipulado y programado, entre cuyas ofertas
está la nueva moda de la violencia.
Este
fenómeno de nuestros tiempos ya está plenamente identificado. No
hay que darle más vueltas. Opiniones generalizadas de especialistas,
aquí y en otras partes del mundo, reconocen el poder transportador
y generador de violencia en la televisión. A tal punto que en varios
países se han emprendido ya campañas tendentes a establecer controles
y procurar normas para revertir tan gravísimo problema.
Por
todo ésto y más es que la CNRV estima de urgente utilidad pública
el llamado a emprender una campaña nacional contra la violencia
en la televisión.
Es
hora de que todos los organismos públicos y privados, especialmente
los que tienen relación directa como las empresas de televisión,
las agencias de publicidad, sus respectivas cámaras y asociaciones,
incluyendo las compañías internacionales que colocan su señal y
programación en nuestro país, acepten y acojan la gestión ofrecida
por la Defensoría de los Habitantes y acuerden urgentemente un plan
regulador que, con voluntad y espíritu patrios y desde la raíz misma
del problema, filtre y limpie de nuestras pantallas, hasta donde
mejor sea posible, este daño moral que está generando la violencia
en la televisión.
Un
buen ejemplo es el pacto de mutuo entendimiento alcanzado entre
el Ministerio de Salud, las compañías tabacaleras y sus agencias
de publicidad para regular voluntariamente la publicidad y promoción
de los cigarrillos.
Otro
buen ejemplo que merece reconocimiento, son los programas cuyos
productores o patrocinadores, incluyendo algunos medios de comunicación,
han decidido por su propia cuenta, anteponiendo el interés de la
sociedad al particular, cerrar las puertas a la generación y transportación
de la violencia en la televisión.
No
permita que a su casa entre la violencia y proteste si a usted le
quieren vender la violencia en la televisión.
Aún
si esto fuera un sueño, recordemos que "¡si podemos soñarlo,
podemos lograrlo!". ¡Costa Rica lo merece!
Por
lo tanto: En razón de la peligrosidad que para la armonía social
representa el panorama expuesto, respetuosamente hacemos un llamado
a las empresas televisivas para que se eliminen los programas con
escenas de violencia. De igual forma, nuestra solicitud expresa
a los anunciantes y muy en particular a las organizaciones que conforman
el Sector Público, para que no patrocinen ese tipo de programas."
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